viernes, 18 de mayo de 2012


Podríamos ser agua, correr ladera abajo, bajar a lo más profundo y subir a lo más alto, ser mucho y volver a ser nada, imprescindible y necesario. También podríamos ser fuego; intenso y cálido, fuerte y sereno, no temer a nada y ser temido. Otra opción sería ser viento; volar entre la gente y entre los montes, verlo todo desde las alturas y no ser visto, invisible pero real, sensible y sentido.

Pero no somos nada de eso , sólo somos la hoja que cuelga de la rama al final del otoño que se cree fuerte y vencedora en su mundo de vencidos, que , aunque no lo sabe , lo que único que hace es esperar a morir para volver a ser polvo, como al principio; como el último rayo de sol del verano que calienta y anima, que nos dice que el invierno no será tan malo, que estará ahí para esperarnos el año siguiente; como esa última mirada que no dice nada pero lo dice todo, que no toca pero se hace sentir, que no esperas pero extrañas, que deseas e imaginas.

Eso es , sólo una piedra en el camino , algo perecedero, polvo al fin y al cabo. Corto y fugaz.