Podríamos ser agua, correr ladera abajo, bajar a lo más
profundo y subir a lo más alto, ser mucho y volver a ser nada, imprescindible y
necesario. También podríamos ser fuego; intenso y cálido, fuerte y sereno, no
temer a nada y ser temido. Otra opción sería ser viento; volar entre la gente y
entre los montes, verlo todo desde las alturas y no ser visto, invisible pero
real, sensible y sentido.
Pero no somos nada de eso , sólo somos la hoja que cuelga de
la rama al final del otoño que se cree fuerte y vencedora en su mundo de
vencidos, que , aunque no lo sabe , lo que único que hace es esperar a morir
para volver a ser polvo, como al principio; como el último rayo de sol del
verano que calienta y anima, que nos dice que el invierno no será tan malo, que
estará ahí para esperarnos el año siguiente; como esa última mirada que no dice
nada pero lo dice todo, que no toca pero se hace sentir, que no esperas pero
extrañas, que deseas e imaginas.
Eso es , sólo una piedra en el camino , algo perecedero,
polvo al fin y al cabo. Corto y fugaz.
