Tú, mujer de ayer, sólo de ayer. De esa noche loca, de una noche embarrada. Apareciste por sorpresa como las cosas buenas. Fugaz como una estrella mágica a la que no pedí mi deseo. El deseo de mantener ese momento, de meterlo en una fuerte pompa de jabón para poder verte, para poder mirarte día tras día.
Bebimos, reímos y bailamos en lugares olvidados, en lugares que no llego a recordar. Secamos el mar e incendiamos el bosque sin hacer ruido, si que se notase, sin que nadie se diera cuenta. Inventamos mareas, tripulábamos barcos y cruzamos el estrecho del bien y del mal.
Te fuiste sin despedirte, sin decir adiós, sin que me enterase, sin que te dieras cuenta. Cuando tú te ibas daba vértigo mi vida, daba miedo la oscuridad, enfriaba la noche.
Y así terminó como un cuento, breve, intenso pero escaso. El sol empieza a asomar ya entre los edificios del barrio viejo, la oscuridad ha desaparecido. El sol brilla y calienta mi espalda mientras me retiro hacia otros lugares hasta que vuelva a apagarse. Tal vez esta noche vuelva a soñar y te vaya a buscar de nuevo.






