Tal vez sea el momento de parar. Fijar los pies en el frío cemento de la acera y mirar. Mirar a mi alrededor, fijarme en cada mínimo detalle: las casas, los pájaros, la gente, las caras de tristeza, de alegría, las sonrisas tontas, los ojos, las miradas, las palabras mudas. Todas esas cosas que hasta que no nos paramos no vemos, no somos capaces de valorarlas entre todo. La velocidad nos ciega, nos venda los ojos.
Después deberíamos hacer eso hacia adentro. Saquemos el corazón y hagámoslo girar. Girar para ver cada recoveco cada momento, cada pena, cada sentimiento triste o alegre.
Ya es tarde, la noche avanza y yo fijo, sentado en este frío banco lo hago todo girar como una vieja peonza de la infancia: rápida, vertical pero débil. El frío aprieta, retuerce mi cuerpo desde los pies hasta la cabeza, como el vibrar de esa vieja cuerda de guitarra. Te veo a ti, a ella, a ellos, pero no estáis aquí, sino ahí, girando, como recuerdos que solo son eso, recuerdos, pasado. Decido actuar, tratar de cambiar, de ser más feliz pero, a las tres de la mañana en tu contestador, no paso por un caballero. Entonces decido recoger, guardar el corazón y cerrar el pecho, irme a mi cama y tratar de dormir y de olvidar. Tal vez tenga café en la mirada y por eso me quita el sueño.

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